Editorial

La política sin convicciones

EDITORIAL | RADIO SELVA

Cambiar de organización es legítimo, pero hacerlo únicamente para conseguir una candidatura convierte a los partidos en simples vehículos electorales. En cada proceso electoral, las organizaciones políticas presentan colores, números, símbolos y discursos con los que pretenden diferenciarse. Sin embargo, esas identidades pierden sentido cuando dirigentes y candidatos cambian de movimiento con una facilidad que no viene acompañada de explicaciones.

El escenario electoral en Napo y la pérdida de identidad

Quienes ayer defendían una corriente política hoy aparecen en las filas de otra que antes cuestionaban. Antiguos adversarios se convierten en aliados y figuras que construyeron su trayectoria bajo una bandera buscan una nueva organización cuando la anterior ya no les ofrece espacio. El fenómeno ocurre en el escenario nacional y también se reproduce en Napo.

Cambiar de opinión o revisar las propias convicciones es legítimo. El problema comienza cuando el cambio coincide únicamente con la posibilidad de obtener una candidatura y no existe una explicación sobre los principios abandonados, las diferencias superadas o el proyecto que ahora se comparte. En esas condiciones, la política deja de representar ideas y empieza a funcionar como una competencia en la que no importa la camiseta, sino encontrar una que permita llegar.

La búsqueda de candidaturas a cualquier costo

Cambiar de pensamiento o abandonar una organización es legítimo. Lo cuestionable es aparecer con una nueva camiseta únicamente al momento de inscribir candidaturas, sin explicar qué convicciones cambiaron ni qué proyecto se comparte ahora. La ley puede permitirlo, pero la ciudadanía también tiene derecho a exigir coherencia.

Partidos convertidos en vehículos electorales

El problema también alcanza a las organizaciones que reciben candidatos provenientes de sectores contrarios sin explicar qué coincidencias los unen. Cuando una lista acepta a cualquier figura con posibilidades electorales, sus principios dejan de ser una guía y se convierten en un distintivo de campaña.

Así, los partidos dejan de formar cuadros y defender proyectos colectivos. Su función se reduce a prestar un número, mientras el candidato obtiene una vía para competir. Ambos pueden beneficiarse electoralmente, pero el ciudadano pierde claridad sobre qué proyecto está respaldando con su voto.

Del escenario nacional a Napo

El caso de Luisa González expuso la contradicción a escala nacional. Después de representar al correísmo en dos elecciones presidenciales, intentó inscribirse para la Prefectura de Manabí con Pachakutik, organización ligada al movimiento indígena que mantuvo fuertes enfrentamientos con el gobierno de Rafael Correa. La Junta Provincial Electoral negó inicialmente la inscripción por incumplimiento de requisitos internos, aunque la decisión todavía puede ser impugnada.

En Napo se repite la misma práctica, aunque con otros recorridos: antiguos correístas aparecen en Pachakutik, figuras que llegaron con Pachakutik ahora buscan cargos con ADN y personas vinculadas anteriormente con Sociedad Patriótica se incorporan a distintas organizaciones.

Los nombres no son el centro de este editorial. Lo preocupante es que estos cambios se normalicen sin que candidatos y movimientos expliquen qué ideas los unen hoy.

El costo para los ciudadanos

Cuando las banderas se vuelven intercambiables, el elector deja de saber qué representa cada candidatura. Una lista puede prometer determinados principios, pero sus candidatos podrían haber defendido lo contrario poco tiempo antes.

La consecuencia es una política sin identidad y una ciudadanía obligada a elegir entre nombres, fotografías y números, en lugar de proyectos reconocibles. Así se debilita la confianza y también la posibilidad de exigir coherencia después de las elecciones.

La política debe dar explicaciones

Radio Selva sostiene que cambiar de organización política no debe ser motivo de condena automática, pero sí exige transparencia. Candidatos y movimientos deben explicar qué diferencias superaron, qué principios comparten y qué proyecto justifica su alianza.

También corresponde informar si las bases participaron en esas decisiones o si las candidaturas fueron negociadas únicamente entre dirigentes. El elector merece saber si está respaldando una propuesta colectiva o solamente un acuerdo para ocupar espacios de poder.

Cuando cualquier camiseta sirve

Las alianzas pueden ser necesarias y los cambios políticos pueden ser legítimos, pero ninguno debería ocultarse detrás de una nueva fotografía de campaña. La democracia necesita organizaciones con identidad y candidatos capaces de explicar qué representan.

En ciertas candidaturas parece imponerse una regla: no importa por qué medio se llegue; lo importante es llegar. Esa lógica vacía de contenido a la política. Cuando cualquier camiseta sirve, el voto deja de elegir un proyecto y termina respaldando únicamente la ambición de alcanzar el cargo.

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